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La Arrano Beltza es el primer simbolo del Reino de Nabarra.



Los pies de barro de Jon Juaristi


José Ignacio Lacasta-Zabalza (*)



EL pasado 4 de mayo, por razones profesionales, asistí en Granada a una conferencia de Mayor Oreja sobre la cuestión vasca. En el discurso ofreció lo de siempre: vilipendio de todo el nacionalismo vasco sin distinciones, su posesión al respecto de la verdad total, policía y piñón fijo en su andadura, con abstracción hecha de los sufrimientos y muertos que, se diga lo que se diga, siguen quedándose en la cuneta inhumana de la estadística gubernamental.

El ministro hizo que me acordara del cardenal Acquaviva y su máxima: suaviters in forma, fortiter in re. Suave en las normas, pero ahí se acaba el jesuitismo de Mayor Oreja, ya que carece de principios y de la necesaria fortaleza para defenderlos. Es un acto más de hipocresía reivindicar _como hizo_ el Estado de Derecho contra el terrorismo y, en la práctica, avalar el indulto de los sentenciados Vera y Barrio-Nuevo. Lo único que me llamó la atención de sus palabras fue su pretensión intelectual. Cuando se refirió a Ortega y Gasset y a Jon Juaristi. Al primero por su sugestivo proyecto de vida en común, que no es otra cosa que la nación española preconstitucional, sin nacionalidades ni nacionalismos históricos. Al segundo por su bucle teorizador de la maldad intrínseca del nacionalismo vasco que carece de motivos para existir, según Juaristi, como no sean los inventados por dicho nacionalismo en su inevitable melancolía sin fundamento.


Pocos días después, Juaristi obtuvo el importante momio del nombramiento de Director de la Biblioteca Nacional por el Gobierno del PP. Cosa lógica, porque la derecha gobernante, a falta tradicional de intelectuales con un mínimo de luz en el magín para hacerlo, premia al más obseso de los críticos del nacionalismo vasco.


Con el nombramiento de marras han venido las loas a Juaristi sin tasa ni medida, los parabienes y los despropósitos. De creerse lo que han dicho, estamos, sin duda, ante Cervantes redivivo. Según El País, Juaristi es «el mejor escritor entre los ensayistas españoles» (13-05-2000). Lo que quiere decir que es mejor que Rafael Sánchez Ferlosio, Agustín García Calvo y la formidable Carmen Martín Gaite en su actividad ensayista. Metidos de lleno en esa espesa balumba de las adulaciones sin pudor, ¿por qué no compararlo con José Bergamín? Al fin y al cabo, el incorrecto Bergamín no obtuvo el Premio Nacional de Ensayo y Juaristi sí. Elección entre Juaristi y Bergamín que, en el seno veraz de nuestra historia cultural, es lo mismo que comparar los cucamonas cotidianos de Fernando Savater con los conceptos universales de la filosofía de Aristóteles.


De Juaristi se ha afirmado que está amenazado por ETA. Como toda persona a la que pretenda coartar la libertad o coaccionar la vida, tiene mi solidaridad de antemano. Aunque ha de quedar claro que el de perseguido no es ningún oficio del intelecto (por más que en estas tierras hay quien crea lo contrario) ni ningún mérito académico o universitario.


Juaristi escribe bien, con buen dominio del idioma, pero ahí se acaban sus fuegos de artificio. El citado periódico madrileño asegura el mismo día que Juaristi es un «polemista temible». Pero la polémica, en castellano, es una controversia. Y Juaristi, como Savater y compañía, no sostienen ninguna controversia con nadie. Mantienen un monólogo, desde su régimen de monopolio de las ideas en los sitiales del publicismo fieles a su causa; siempre bajo el son de los aplausos de sus seguidores en unas revistas y periódicos donde los que el resto de los mortales tenemos prohibido asomar la cabeza. Acabo de leer una finísima crítica a Juaristi. Es de María Cruz Romeo de la Universidad de Valencia (revista Pasajes, número 2, pp. 106-112). No esperemos ver ninguna contestación de Juaristi, ningún ofrecimiento a la profesora Romeo de ningún periódico adicto al partido uniformador de Savater y compañía a fin de, efectivamente, polemizar. Juaristi y los suyos pueden pensar que el silencio es una respuesta. Pero yo pienso que es, sencillamente, la actitud de unos miedosos que no se atreven a confrontar sus opiniones con las de los demás. El conocido castigo por el silencio de los viejos catedráticos franquistas (el usted no existe, que algunos conocimos muy de cerca), lo han convertido en el chulesco ¡cómprese un periódico y así podrá opinar!. Más concorde la compra del periódico con la particular visión dineraria de la libertad que tiene Vargas Llosa, que es, no se olvide, uno de los habituales cobistas de Juaristi y colaborador asiduo en las mismas empresas publicistas.


Joseba Gabilondo, bien conocido en los ámbitos literarios anglosajónes, diagnosticó psicoanalíticamente, valga la ironía, que los males de Juaristi no se arreglan ni en el diván. Juaristi no es que quiera demoler la casa del padre, sino la de la madre, la ¡mismísima amatxo! Y ahí, como todo vasco sabe, es donde se nos acaba el mundo. Bromas aparte, la cosa es seria y no veremos ninguna temible polémica con Gabilondo en papel impreso y adicto al pensamiento oficial de Savater y los de su cuerda. A lo más, ofrecen cuatro líneas en Cartas al Director, con el DNI por delante, en tanto que se reservan una página entera (hasta en el Diario de Navarra) para decir lo que quieran sin oposición.


Jon Juaristi emplea en su escritura abundantes notas autobiográficas. Una biografía bastante atormentada que suscita la simpatía humana y, a veces, la compasión. Pero, desde ahí, se desliza hacia una crítica a todo el nacionalismo vasco, sin matices, que tiene algunas cosas novedodas (la literatura mítica) y otras tan viejas, y no es chanza, como la vuelta al caserío y el ultracatolicismo más que visibles en las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera. Esto es un truco, emotivista se llama en la filosofía moral, por el que Juaristi se gana al público (y a mí también) por su vida de militante doliente para, a continuación, pretender conquistarlo al completo en su rechazo al nacionalismo vasco es una cosa tan simplona como la retratada en su bucle o en su Némesis. Porque, se puede dar en la locura y acabar buscando los orígenes de la muy atea e incendiaria kale borroka en el clericalismo del nacionalismo vasco o en las ideas de los sacramentos de Villaro.


Su claque audiovisual _y sus muchos alabarderos periodísticos_ han inventado que Juaristi es una especie de titán que se ha leído todo. Juaristi es _en palabras de Patxo Unzueta_ «el más erudito de nuestros escritores». En un artículo de Unzueta en el que solamente es exacto el título Estamos haciendo el ridículo (El País, 18-05-2000). Y, para que no hagan tanto el ridículo, habrá que recordar las obras que Juaristi no ha conocido o que, si las ha leído (lo que sería mucho más grave), las ha ocultado o castigado con el chitón porque no le interesa la divulgación de esas ideas.


Juaristi pasa por alto el importantísimo libro de Francesc Pi i Margall Las luchas de nuestros días, editado en 1882. Porque de tener en cuenta este trabajo, debería explicar por qué el republicanísimo Pi defiende que el carlismo no es un todo reaccionario y absolutista (a la inversa de lo que afirma Juaristi) y hay en su seno popular unos sanos deseos de justicia social. Claro que, ya en 1854, todo un Karl Marx había advertido a los lectores del New York Daily Tribune que «el carlismo no es un movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los historiadores liberales». Coincidencias de Marx y Pi que son para estudiarlas y de las que, lógicamente, Juaristi no dice ni Pamplona (metáfora de un lugar que viene al caso). De Las nacionalidades del mismo Pi i Margall, Juaristi no extrae nada de la preciosa conclusión que a Pi, neto hombre laico y de izquierdas, le lleva a propugnar de la católica Polonia (y de cualquier pueblo sojuzgado). El cultivado nacionalismo español de Manuel Azaña, su defensa de la autodeterminación catalana y del proceso constituyente de 1931, están sencillamente ausentes de la reflexión en las Cortes Constituyentes del 27 de mayo de 1932 exactamente lo contrario que Juaristi: «... y siendo las regiones adheridas a la causa despótica de don Carlos absolutamente indiferentes al problema dinástico, porque lo que les importaba a los vascos no era don Carlos sino sus fueros...». En fin, un Azaña que identificaba en esa intervención parlamentaria la borbónica Corona con «una argolla para esclavizar pueblos». En cambio, Juaristi se atreve a sostener -contra toda evidencia histórica- que «el País Vasco no ha sufrido grandes agravios históricos de la Corona española, ni siquiera en la época liberal» (Ajoblanco, número 106 de 1998, pp. 53-59).


Porque Juaristi no tiene nada de republicano y es un mal historiador. Debería, pues, leer, o no callarse, lo que escriben a fines del siglo XIX los navarros Hermilio de Olóriz y Serafín Olave. No quiero ensañarme con los disparates que Juaristi dice del Derecho foral en su bucle. Al fin y al cabo, no sabe absolutamente nada de derecho ni de filosofía jurídica (y tengo que agradecerle que sus reflexiones sobre Carl Schmitt en su Némesis me han hecho reir de veras por su manifiesto disloque). Juaristi es un buen literato y por eso es imperdonable que no diga nada de las novelas magníficas, escritas a inicios del siglo XX, como El barrio maldito o Centauros del Pirineo, de nuestro Félix Urabayen. Aunque se vería Juaristi en la difícil situación de tener que explicar qué hace ahí un hombre como Urabayen, republicano, de izquierdas, laico, amigo de Azaña, defensor acerado de mujeres, y al mismo tiempo un vasco vasquistas de los más imponentes. Y si no conoce Juaristi a Urabayen, puede acudir a los Folletones de El Sol, que están en la hemeroteca municipal de Madrid (no muy lejos de su nuevo y grandioso destino).


Además, Félix Urabayen era navarro y eso le ayudaría a corregir a Juaristi su chata visión tximbera de un sísmico movimiento nacionalista vasco con epicentro en Bilbao. Porque Juaristi ofrece al público todos los tópicos raciales -nacidos en Abando- que el españolismo más recio y necio desea ver publicados (Sabino Arana, franciscanos y sacramentinos, los cráneos, romerías de rosario y txakolí, los maketos, etcétera). Algo así como aquel grupo folklórico Los Tximberos (entonces escrito con Ch), que, bajo el franquismo, cantaban canciones en ese mal castellano que el nacionalismo español más bobo se imagina que hablamos los vascos: ené! qué risas hishimos al pasar por el sendero... Y otros disparates semejantes que Juaristi podría evitar: simplemente, si sacase su obsesa mente del botxito y se enterara de lo escrito durante dos siglos en Navarra, por ejemplo.


(*) Catedrático de Filosofía del Derecho. Artículo cedido por Diario de Noticias

Articulo aparecido en el diario DEIA

Imagenes diversas.
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